Enfoque de fe: A dónde acudir cuando el dolor es real
|
El hijo adoptivo. Mi corazón nunca registró ese calificativo: ‘adoptivo’. Nunca hubo ningún matiz, ninguna salvedad. Desde el momento en que apareció en mi puerta, lo quise tanto como cualquier padre puede querer a su hijo. Era mío; quizá no por ley, pero sí por amor, emoción y conexión. No fue algo planeado, pero fue tan inevitable como la gravedad. Una de sus primeras palabras fue llamarme «papá». Lo abrazaba, le leía, le daba de comer, lo besaba, rodaba por el suelo con él, le limpiaba la nariz, lo consolaba, lo ayudaba a aprender a caminar, reía con él... El martes, inesperada y repentinamente, se fue a casa. Sabíamos que iba a suceder, pero no esperábamos que fuera tan pronto ni tan abrupto. Fue el día más difícil que he vivido, el dolor más profundo que he sentido jamás. A decir verdad, pasé de estar triste a estar hastiada y enojada. Sé que su mamá lo ama y quiere cuidarlo, que el sistema quiere lo mejor para él y que Dios tiene el control y un plan para mí y para él. Pero ese conocimiento parece tener dificultades para llegar a mi alma y aliviar el dolor que siento. Algunos me aconsejarían: “Debes tener cuidado. No abras completamente tu corazón. Protégete de lo que inevitablemente vendrá”. No puedo. No puedo vivir con él y ser lo que necesita sin enamorarme completamente de él. Para ser sincera, creo que hacer menos que eso sería engañarnos a ambos. Por muy doloroso que sea, no lo cambiaría por nada del mundo. Existe la posibilidad de que aún pueda verlo un poco, verlo crecer, correr, hablar, leer. Esa esperanza me trae alegría y lágrimas. Pero si no es así, siempre apreciaré el poco tiempo que he pasado con él y guardaré esos recuerdos en mi corazón. Mientras busco sentido, propósito y consuelo, no puedo evitar contemplar el amor infinito e insondable que mi Padre celestial me tiene. El creador del cosmos me acogió, me crió, me adoptó y me amó incondicionalmente. Incluso en medio de mis lágrimas y mis preguntas al Todopoderoso, sé que él es soberano. Dios tiene un plan tanto para mí como para mi “hijo”. Saberlo no alivia inmediatamente el dolor, pero sí me da esperanza. Muéstrame tus caminos, Señor, Guíame en tu verdad y enséñame, *Adaptado de una entrada de blog de un papá de acogida de Buckner. Reflexión más profunda:
Próximos pasos:
|